MENU

by • 2 mayo, 2017 • CuentosComments (0)162

Sin Gritos ni Lamentos

Gabriel Gamar

Esa tarde seguía lloviendo con la misma intensidad del día anterior. Las calles se encontraban cubiertas por el lodo y dentro de aquella espesa neblina gris, era muy difícil distinguir algún cuerpo a corta distancia.

Sin embargo, frente a mí pude reconocer la figura confusa de Adrián, enfundado en una vieja gabardina, quien a pesar de la fuerte lluvia caminaba con paso acelerado y con una expresión de angustia y desesperación en el rostro. Era fácil adivinar que tenía mucha prisa por llegar a algún sitio seguro.

Adrián pasó frente a mí sin percatarse de mi presencia, quizá por la bruma o con más seguridad por el temor que lo cegaba. Entonces decidí seguirlo, movido por la curiosidad más que por el deseo de ayudarlo, cuidándome de no ser descubierto por él.

Al llegar a la esquina dobló a la derecha y aceleró el paso, lo que me hizo pensar que había sentido mi presencia detrás de él. Pero no fue así, ya que ni siquiera se había atrevido a mirar hacia atrás, por el temor de enfrentarse a la realidad que en ese momento lo acosaba.

Allá, no muy lejos, se alcanzaba a distinguir el pequeño parque del pueblo. Y más adelante, la fuente de cantera recién construida, que debido a la constante lluvia no se encontraba funcionando desde hacía varios días. En ese momento Adrián, más que un ser humano, parecía un pantano hecho hombre por la mezcla de loco y agua que cubría su ropa y su cuerpo.

Al llegar a la fuente, fue algo impresionante ver como de repente cambiaron las facciones de Adrián, que si bien antes daban la idea de un moribundo en una lucha feroz contra la muerte, ahora me parecía estar mirando a la muerte misma.

Pero no acaba de dar el siguiente paso, cuando tuve que detenerme preso del miedo que me inspiraron aquél pequeño grupo de hombres, que seguramente para Adrián deben haber parecido una muchedumbre desenfrenada o un gigantesco ejército perfectamente armado, que se abalanzaba sobre él hambriento de sangre y de venganza, pero sobretodo de muerte.

Con dificultad pude sostenerme en pie frente a aquel deprimente y repudiable espectáculo, que tenía como escenario aquel pequeño pueblo de la sierra y del cual yo era su único espectador.

Las casas permanecían inmutables y serenas, soportando y representando el papel escenográfico que les correspondía. Adentro de ellas, la gente seguía enajenada en sus cosas y en sus propios problemas. Yo sería el único testigo de la trágica muerte de

Adrián y estaba aterrorizado. No me importaban las causas que orillaban a estos hombres a cometer el crimen, solamente me importaba que se estaba sacrificando una vida humana y que, a pesar de que había  miles de formas racionales para castigar a un hombre, en la sierra siempre se llegaba a utilizar esta manera tan difícil para unos y tan fácil para otros como en este caso.

Hasta el momento no he sabido a ciencia cierta, cual fue la causa por la que se privó de la vida a Adrián y tal vez no lo sabré jamás, porque sólo él y sus verdugos lo han de saber. Él ha muerto y no podrá hablar del crimen, y ellos aunque vivan callarán la verdad para siempre.

Y ahora que ya ha pasado el tiempo, de vez en cuando llega a mi mente la triste imagen de aquel Adrián, tratando de pedir perdón por su pecado. Desesperado e indefenso, sin más compañía que su temor y mi curiosa mirada. No hubo palabras, ni quejas, ni gritos de dolor, sólo se escuchó el estruendo de las armas al lanzar las balas que yo traté de detener con la mirada. Quise creer que mirándolas podría restarles velocidad y hacerlas llegar mansamente a las manos de Adrián. Pero esto era algo imposible. Mi deseo era nada contra el deseo de ellos por lanzar los proyectiles a gran velocidad para causar daño. A ellos en cambio les hubiera gustado ver la trayectoria de esos proyectiles, pequeños pero mortales, y saborear la conclusión de su obra destructora.

Después de aquel estruendo escandaloso, la gente apareció haciendo exclamaciones y con miradas de asombro. Los asesinos corrieron hacia la montaña y yo me quedé petrificado, ante el cuerpo inerte del hombre que momentos antes huía desesperado de la muerte y ahora pasaba a formar parte de la muerte misma. Adrián no pudo oponer ninguna resistencia y recibió en cambio la bienvenida a un mundo de tinieblas, envuelto en una espesa bruma con el cuerpo envuelto por el lodo.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *