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by • 2 mayo, 2017 • BlogComments (0)258

La Pintora

Gabriel Gamar

Ella llegó tarde como era su costumbre. El la esperaba desde antes de la hora pactada. Ordenó un café tras otro para calmar su ansiedad por verla. Como siempre le sucedía la incertidumbre de saber si iría, lo desesperaba y le hacía pensar lo peor.

Tenía varios días sin estar con ella, había salido de viaje a los Estados Unidos a exponer sus pinturas en una galería de San Francisco. Realmente era su primera vez, nunca antes había expuesto en el extranjero. Aun cuando su obra era realmente valiosa, nadie se había fijado en ella. Hasta que por fin, en una de las tantas exposiciones colectivas en las que participaba, un broker norteamericano la descubrió y se enamoró de su pintura. Le pidió que le mostrara el resto de sus obras que ella con un cierto pudor le mostró en el pequeño estudio que tenia en su casa de la colonia Roma. Era descendiente de una familia de abolengo, pero ella no tenía ni en que caerse muerta.

Apenas salía adelante con los pocos ingresos que le generaba la venta de sus cuadros en la galería donde manejaban su obra. Una galería modesta, pero con una galerista bastante movida de origen argentino. La galería estaba en Polanco, lo cual es una ventaja, pues se acercan coleccionistas de diferentes estratos sociales, que compran arte por el mero gusto de coleccionarlo, no para especular.

Desde que la vio entrar al café se le aceleró el ritmo cardíaco, no supo si era la taquicardia natural provocada por la cafeína o la emoción de volver a verla. Lo saludó tan efusiva que se cohibió al sentir el apretón de su abrazo. La envolvía un perfume que con el olor impregnado de los solventes y el óleo, adquirió un aroma muy especial, no agradable pero sí atrayente.

Vengo de terminar un cuadro, le dijo, me inspiré sólo de asomarme a mi ventana. El arte siempre está al alcance de nuestros ojos, todo es cuestión de abrirse a la luz y a los colores, a la sombras y a las texturas, a los claroscuros y a los reflejos.

Se  sentaron en otra mesa que ella eligió, pues quería estar cerca de la ventana para poder mirar hacia el parque de enfrente. Sus ojos no eran sólo para ver, sino para mirar y observar, y hasta atrapar imágenes que plasmaba en sus lienzos.

Luego de conversar dos largas horas, que a él se le parecieron minutos, lo invitó a su estudio que estaba muy cerca del café. Ahí le sirvió una copa de un licor sin nombre que dentro de la botella tenía una víbora de cascabel; sabía a humo y era tan fuerte como el mezcal.

Después de un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo por dentro y por fuera, la euforia no se hizo esperar y terminaron envueltos en las sábanas arrugadas de un viejo colchón colocado a ras del piso de duelas. Mientras se amaban, debajo se escuchaba una carrera de ratones y en el ambiente volaba el olor penetrante de las pinturas, pero nada les impidió llegar hasta el final. El cansancio los venció y él se quedé dormido. Tan profundamente dormido, que cuando despertó, ella se había marchado y en el espejo de enfrente alcanzó a mirar un fragmento del óleo que había pintado sobre su espalda…

 

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