MENU

by • 10 mayo, 2017 • BlogComments (0)228

La Muchacha de Mis Sueños

Gabriel Gamar

La muchacha salió apresurada de su habitación, el hombre la mira como un fantasma que se esfuma entre las sombras. Hubiera querido salir corriendo detrás de ella, pero su invalidez se lo impide. Cierra los ojos y en forma imaginaria repite una y otra vez la escena.

Al día siguiente, se repite la misma historia. La muchacha emerge de las sombras y al darse cuenta de que el hombre la está mirando, se acerca a él y lo besa con ansiedad. El la toma de la cintura, qué digo de la cintura, de las caderas y con sus dedos siente las carnes duras y firmes de la muchacha. Ella se presta sin más a sus caricias y él desliza sus manos debajo de su blusa y siente la suavidad de su piel de seda y de su vientre y luego escucha el palpitar acelerado de su corazón que llega a sus oídos como un eco.

Ella se hinca frente a la silla de ruedas y recuesta su cabeza sobre sus rodillas.  Le acaricia el pelo y siente su calor en la palma de la mano. Así permanece un largo rato y en ese momento más que nunca hubiera querido tener sensibilidad en las piernas, pero era un deseo más que imposible de realizar desde que un accidente de moto le partió en dos la espina dorsal.

Luego la muchacha se levanta y acerca su vientre hacia el rostro del hombre. El la besa con delicada ternura como se besa la mejilla de un bebé recién nacido. Ella toca sus orejas y le besa la coronilla y de pronto rompe el silencio y comienza a susurrar una serie de frases sueltas.

“…hace tiempo que no hago el amor… les tengo miedo a los hombres… bueno… en realidad sólo una vez lo he hecho y no estoy muy segura de si eso es hacer el amor… todo fue tan rápido que no tuve tiempo de disfrutarlo… los violadores piensan sólo en su propio placer, pero estoy segura que ni ellos sienten placer, por eso cometen una y otra vez la misma brutalidad…  yo no creo que lo disfruten porque es como atragantarse al comer, el sabor de los alimentos pasa desapercibido… ¿así qué sabor le pueden sentir al sexo?… sé que contigo no corro ningún peligro… tómame… acaríciame… bésame… tú sí que me harás sentir bonito… tómate tu tiempo… no hay ninguna prisa… nadie nos está mirando… nada nos está apurando…”

Cuando ella termina de decir esto, el hombre la empuja y la aleja de su lado, pues pone en evidencia justo lo que más le duele reconocer: su impotencia y su falta de sensibilidad. Pues ¿de qué sirve sentir el deseo de poseerla si nunca podrá hacer realidad ese sueño? ¿De qué  le sirve sentir por dentro que algo le quema si no habrá manera de apagar ese fuego interno? Al empujarla, ella sigue su camino, el camino de las sombras que todas las tardes la envuelven justo enfrente de sus ojos libidinosos.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *