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by • 18 mayo, 2017 • BlogComments (0)241

En Tinieblas

Gabriel Gamar

Las calles de la ciudad se encuentran tan concurridas como siempre, como todos los días, como a todas horas. El Viaducto, como un río inmenso y caudaloso, es cruzado por miles y miles de coches. El sol empieza ya a querer ocultarse; está a punto de irse a descansar, después de un día tan caliente y agotador. En unos minutos más, el astro rey nos dirá adiós. Nos quedaremos a obscuras, en tinieblas como yo lo estoy ahora. Vengo con la emoción de encontrarla, de llegar a su casa, tocar a la puerta y mirarla. Vengo con la obsesión de estar con ella nuevamente o de volver a verla, aunque sea nada más de lejos.

Ya voy por la avenida San Juan de Letrán, a unas cuantas cuadras de la Torre Latinoamericana; a unas cuantas cuadras de su casa, muy cerca ya, a sólo unos cuántos metros. Y mientras más me acerco, me invade más la emoción de volver a estar a su lado.

Diecisiete cuarenta y tres cuarenta y siete, es lo que marca el reloj. Hay anuncios por todas partes que ensucian la belleza de la otrora “ciudad de los palacios”. Mujeres mirando aparadores, gente caminando sin qué hacer, igual que yo, porque hoy no fui al trabajo, hoy quise venir a buscarla, hoy ya no soporté más. Hoy mi obsesión quiso dejar de existir. Esa obsesión de volver a verla, pues hace días que no acude a nuestra acostumbrada cita. No sabía cómo encontrarla, había perdido la servilleta que me dio con su dirección, que por fortuna apareció después de buscarla con verdadera desesperación entre mis cajones, entre mis libros y finalmente en las bolsas de mis trajes donde la encontré.

Desde que nos conocimos en aquel pequeño café, todas las tardes al salir del trabajo nos encontrábamos ahí, para conversar hasta ya muy entrada la noche, en que salía apresurada a tomar el trolebús.

No sé mucho sobre su vida, si acaso sé que vive sola en una de las antiguas construcciones del centro histórico de la ciudad, que sus padres ya murieron y que trabaja en una biblioteca, pero no sé a ciencia cierta en cuál de todas las que hay en esta gran ciudad. Su trabajo nos ha permitido sostener pláticas tan interesantes, que se nos va el tiempo volando cada vez que nos encontramos en el café. Y es que sus conocimientos son tan vastos, sobretodo en filosofía que es lo que me mantiene embobado cuando la escucho hablar sobre estos temas. A su lado soy un verdadero costal de ignorancia.

Pero aún no me lo explico y en el trayecto me hago mil preguntas. ¿Por qué desapareció de pronto de mi vida? ¿Por qué dejó de acudir a nuestra cita? ¿Acaso dije algo que le incomodara? ¿Acaso soy tan poca cosa para ella? Espero ahora que la encuentre, conocer de sus labios la respuesta.

Treinta y siete treinta y cinco, es el número del trolebús que se detiene y no me deja pasar. Otro alto más; los semáforos son un martirio.

Hay propaganda por todos lados: no estacionarse, vote por Cervantes del Río, vote por Leonardo Salas, IV Festival Internacional Cervantino, El Sol de México, Telefunken, Clínica Dental, calle Venustiano Carranza.

Ya sólo faltan cuatro cuadras más para llegar a la República de Argentina número cuarenta y nueve, su casa y seguramente ahí estará ella, seguramente.

¡La extra! ¡Ovaciones! ¡Ultimas Noticias! Los periódicos de la tarde empiezan ya a circular; la segunda edición de noticias empieza a ser vendida por los voceadores. Ahí, el Palacio de Bellas Artes, ese monstruo de la cultura mexicana con fisonomía europea.

Cruzo Francisco I. Madero, Cinco de Mayo, Hidalgo y después de haber tomado por una calle equivocada, me encuentro finalmente con la que debe ser su casa. Ante mí, sobre la fachada de un viejo edificio, veo un letrero azul a punto de desprenderse del muro: “Esguinces, luxaciones, equilosis, estreñimiento, obesidad, parálisis. Dr. Solares, maso terapeuta”.

Ya veo el número cuarenta y nueve. Y así, imagino que su madre se llamaba igual que Fernanda. Un viejo edificio de piedra con varias puertas de entrada y varios números que las identifican: desde el cuarenta y cinco, cuarenta y cinco bis, cuarenta y seis y hasta el cincuenta y uno.

Dos, cuatro, seis, ocho, diez balcones pequeños. “Maniquíes, gamuza y base para maniquíes” “Fotograbados”, etcétera. Muros de piedra al natural como en el pasado, dos pisos nada más, puertas de madera verde pálido en muy mal estado de conservación.

Me estaciono y mientras tanto mi nerviosismo va en aumento. Me empiezan a sudar las manos. Detengo el coche y apago el  motor. Permanezco por un momento mirando su casa sin saber qué hacer, si bajar o esperar a ver si ella sale a mi encuentro. Finalmente, me decido a descender del auto. Me pongo torpemente el saco. Camino rumbo a la puerta de la casa, titubeando antes de tocar el timbre. Aprieto dos veces el botoncito blanco y pasan varios segundos y como nadie abre, insisto nuevamente. Mientras tanto imagino el rostro de Fernanda sonriendo al abrirse la puerta frente a mí, acercándose a besarme, sintiendo su mano suave y su cuerpo esbelto abrazado al mío. Los instantes frente al apolillado portón se me confunden con lo segundos y luego con los minutos, pero ya nada importa pues ella se estará dando los últimos toques de belleza, acomodándose el pelo y retocándose los labios, sabiendo que soy yo quien está llamando a la puerta.

Sin embargo, ese momento que imaginé tan bello, no es así. La puerta se abre de pronto y aparece una anciana frente a mí deteniéndose a tientas del quicio de la puerta.

-Buenas tardes señora –le digo haciendo una especie de reverencia.

-Gabriel, no debiste haber venido –me dice.

-Señora, busco a Fernanda.

-¿A mi hija Fernanda?

-Sí, a Fernanda.

-Ella no vive aquí, ella vive en el cielo…

-¿En el cielo?

-Sí, ella murió hacer mucho tiempo –por mi mente pasa el recuerdo de sus palabras cuando la conocí diciéndome “mis padres murieron cuando era pequeña…”

-¡No puede ser! Hace poco tiempo estuve con ella.

-No preguntes más y aléjate muchacho… así son los hechizos.

En ese momento ya no sé qué decir y quedo sumergido en el asombro, pero mi sorpresa ella no la notará, porque sus ojos blancos no podrán mirarme, esos ojos profundamente blancos, blancos en su totalidad, carentes de vista, ciegos, esos ojos que se pierden al cerrar la puerta para siempre… esos ojos…

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