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by • 17 julio, 2017 • CuentosComments (0)185

El Sofá de Guille

Gabriel Gamar

La casa estaba más solitaria que nunca y sumergida en el silencio a diferencia de otros días. Esta vez la única presencia era la de Chona y Guille que, con su ecuanimidad acostumbrada, entró tranquilamente a la estancia. Dio varias vueltas por la sala, entrando y saliendo de la cocina, para nuevamente regresar a la estancia donde probó a sentarse  en varios lugares que no le acomodaron. Miró a su alrededor analizando cada detalle de la sala. Fijó la mirada en el reloj de pared que marcaba las dos en punto. Finalmente se acomodó en el sofá más confortable que encontró y que era el de siempre.

Guille estaba muy consternada por la trágica noticia, que unas horas antes había escuchado de labios de Chona, la sirvienta, quien tratando de que Guille no escuchara, le contó por teléfono a su mejor amiga lo del trágico accidente aéreo en el que perecieron sus patrones los Román, justo cuando regresaban de Sudamérica. Desde ese momento, Guille entró en una depresión tal, que se dedicó a recorrer la casa cuarto por cuarto ensimismada en sus pensamientos. Mientras tanto, Chona arreglaba su equipaje para marcharse, pues ya no tenía nada qué hacer en esa casa. Ya presentía la serie de conflictos que le esperaban. Pleitos y arrebatos de los hijos de los Román, quienes habían abandonado a sus padres desde hacia tiempo y con toda seguridad, no tardarían en regresar a pelearse por la herencia. Chona no quería ser testigo de esos pleitos, así que ni tarda ni perezosa, después de cerrar puertas y ventanas, tomó sus maletas y salió sin preocuparse por el incierto futuro de su fiel compañera.

Guille, asomada a la ventana, contempló como Chona se alejaba a bordo de un taxi. La vio perderse por el fondo de la calle. Por un instante pensó en salir a alcanzarla, pero desistió de esta idea, pues ya nada podría hacer por evitar su partida.
Decidió sentarse en el sofá y permaneció con la mirada fija en el reloj, viendo como las horas pasaban con una lentitud desacostumbrada. Perdió la cuenta de las horas que habían transcurrido y ni siquiera se había preocupado por probar alimento.
Solamente se había dedicado a recordar todo cuánto le había sucedido desde aquel día en que deambulaba desamparado por las calles de la colonia Nápoles, pasando hambres y fríos y buscando techos para cubrirse de la lluvia. Esta fue su vida hasta que, una de esas tardes lluviosas, metida en una caja de cartón en las afueras de un viejo edificio derruido, se encontró a quien le salvó de la miseria y el desamparo. Era nada menos que Laurita Román, quien al verla tan desamparada se apiadó de ella. La tomó en sus brazos, y con caricias la subió a su auto cubriéndola con un sweater de lana. En ese entonces, Guille era muy pequeña todavía, pero desde ese momento llegó a vivir a casa de los Román, convirtiéndose en uno de los personajes más queridos de la familia. Todos se encariñaron con ella y ella se encariñó con todos, pero especialmente con Laura que se convirtió en su protectora y madre. Por eso es que sintió tanto su partida.
Y así, recordando su triste pasado sentada en el sofá de siempre, decidió esperar pacientemente la llegada de Laura. Y un lunes, inesperadamente se vio rodeada por gente que discutía acerca de poner en venta la casa y todo cuanto en ella había para repartirse el producto de la venta. Otros opinaban que no, porque consideraban que era mejor rentarla y repartirse mensualmente los ingresos conservando la valiosa propiedad.
Guille entristecía al escuchar todos los comentarios y sólo de pensar en el futuro que le deparaba, prefirió emprender la retirada con la esperanza de encontrar a otra persona, que como Laura se compadeciera de ella y le diera un nuevo hogar. Así volvería a recibir el cariño que dolorosamente había perdido.
Ya cansada de escuchar tantas sandeces, salió de abajo del sofá en donde había permanecido escondida, y aprovechando que el chofer abría la puerta de la calle, salió corriendo desaforadamente. Al verla pasar  junto a ella y sentir su piel rozando sus medias, Laura gritó asustada ¡Maldito gato! y se desplomó desmayada sobre el sofá preferido de Guille.

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