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by • 27 junio, 2017 • BlogComments (0)227

El Circo

Gabriel Gamar
Grandes altavoces divulgaron la noticia del espectáculo que al pueblo había llegado, a alegrar la vida de un puñado de personas hambrientas de sonrisas; compré mi boleto y fui el primero en sentarme en una silla de la carpa y en silencio, esperé la hora del comienzo como esperan los niños la hora del recreo.
Poco a poco empezó a llegar la gente; grandes y pequeños, alegres o tristes, que buscaban encontrar el chiste de poder ser felices plenamente.
 
En efecto, se trataba de un gran circo, aunque éste era un circo diferente; no había artistas ni acrobáticos ni ecuestres, ya que el espectáculo era el mismo público presente.
En realidad no era un circo como todos, en éste cada cual tenía un instante, para actuar representando un personaje similar al que llevamos en el fondo.
 
Así, apareció de pronto el anunciante con su clásico discurso escandaloso, que entre adjetivos falsos y melosos exageró las cualidades de cada ejecutante; no había payasos vestidos de alegría con el rostro pintado de gracioso, pero alguien quiso ser bufón haciéndose el chistoso sin lograr hacer reír con su ironía; era un simple tonto oportunista, un hipócrita inventor de fantasías, que tenía la gracia de una arpía y no el talento de un verdadero artista.
 

Siguieron llegando personajes y otro más saltó a la pista, era un genial malabarista, astuto y audaz para el chantaje; con gran habilidad robó a quien pudo, estafó a sus amigos de bancada y sin que nadie pudiera hacerle nunca nada,  siguió viviendo así, siempre en apuros.
 
Luego apareció el dictador, dominador de fieras, que venció y que subyugó a tanta gente, que amansó y asesinó inclemente, sujetando y reprimiendo a su manera; no le importó que fueran de su sangre, porque después de todo el pueblo es una fiera mansa y cruel, que tarde o temprano devorará al domador del hombre.
 
Después apareció el gran equilibrista, quien trató de conservar la vida, manteniendo cada fuerza en armonía desde el punto más alto de la pista; al caminar sobre la cuerda floja logró impresionar a todos, pero algo sucedió en el aire y voló desde el espacio, cayendo la equidad como una hoja.
Anunciaron a un hombre audaz y aventurero, que deslumbró con sus giros en el cielo, capitalizando sus aventuras en el vuelo empleando el movimiento del trapecio.
 
Otro quiso llegar a esas alturas y anduvo sobre dos enormes zancos, que sin enlodarse logró cruzar el fango aparentando tener gran estatura.
 
Pero hacía falta un personaje con su calma, éste era un jugador de manos, un prestidigitador que como un mago nos colmara de ilusiones hasta el alma; así lo hacen los líderes del mundo con sus frases rimbombantes y engañosas, convenciéndonos de que las cosas serán aun mejor para el futuro.
 
Una mujer al lado de la pista aplaudía sin cesar su propio acto y en su inmenso deseo por decir algo trataba de que hablara la justicia, recurrió al movimiento de sus ojos, intentando decir mil cosas sin palabras y con los gestos expresivos de su cara, haciendo mímica se imitó a su antojo.
 
El palero abusó del elogio y la palabra, como abusan algunos publicistas, encubriendo los errores del artista y provocando que el actor se equivocara; pero ocultó con disimulo todo y haciéndole creer que era perfecto, escondió en el aplauso sus defectos para que culminara su acto con un falso decoro.
 
Después pensé que alguien me faltaba, pues en un circo nunca faltan los enanos y de pronto sentí que unas pequeñas manos me tapaban los ojos por la espalda; cuando recuperé con claridad la vista, abrí los ojos muy desconcertado, descubrí que no había nadie por ningún lado y que estaba yo completamente solo al centro de la pista.
 
Entonces entendí que nadie había llegado y me había sentido tantas cosas al instante: dictador, publicista, líder, comerciante, ciudadano oprimido y subyugado; me sentí más pequeño que nunca, como una miniatura cruel de ser humano.
 
Y después de pensar en la existencia, comprendí que nacer y que vivir y que la muerte, son un mismo circo con nombre diferente.
 

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